
LA FIESTA VENGADORA
Retroceder el tiempo y situarnos en aquellos días de verano nos invade de nostalgia; nos empuja al recuerdo de un mundo que parecía mejor. Los últimos retos, los madrugones que se desintegraban, el uniforme y su dudosa limpieza. Sufrir por las últimas notas, mirar el infinito desde la misma ventana de siempre y abrazarse con los tuyos cuando tu vieja simplemente “te dejaba” marcan un final indiscutible: se acabó el colegio. Chau, arrivederci, agur. Nos vemos el año que viene.
De generación en generación, como bien dicta la vida, el pase de posta se hace carne en estos días de diciembre. Como ocurría hace tantos años atrás, hoy vuelve a suceder con nuestros pibes. Entre piletas prestadas, pijamadas a mansalva, la Play con amigos o la colonia de verano que simplifica todo, Los Papis del Euskal (y amigos) ponen sobre la mesa su mejor oferta; mamis, pasen y vean. Sí, la famosa Copa Cindor, bastión irreprochable de elegantes contiendas entre padres e hijos, se juega en Luis Guillón. Parte fundamental de una misa que, por primera vez en la historia, debutará en el Palacio San Martín. ¡Aplausos!
Quien quiera y pueda, con desendientes, sobrinos o lo que sea, la invitación se extiende para todos los presentes. Recurrentes al peligro, un reducto en forma de cancha de nueve asegura que vamos a tener show. Como sucedió en el Club Mayo, como venía ocurriendo en Arena, los únicos en achicarse terminarán siendo los bolsillos a la hora de pagar tamaño tercer tiempo. No hay dudas y, más allá de todo lo lindo vivido hasta acá, reestrenar el Cindor también es parte del objetivo. Disfrutar con ellos su fin de año, su esfuerzo en el colegio, su entrega en cualquiera de sus pasiones, no tiene precio. Nosotros, enfermos del fútbol y de los buenos valores que persigue, creemos que no hay reunión más valedera que aquella donde los genes se ponen la misma camiseta.
Una vez, hace mucho tiempo, mi viejo había perdido el laburo. Como a muchos de nuestros padres en la década del 90, quedarse sin nada con más de 40 años era terrible. Su bronca y decepción, ambas traducidas en preocupación por aquel presente familiar, lo habían llevado a no hablarnos; a encerrarse por horas en una habitación y no salir. El dolor era inevitable, pero el cuidado de mi vieja y algunos años menos en la mochila me permitían estar exento, ajeno al momento. Un viernes, no me olvido más, mi viejo me dijo:
—¿Vamos a la cancha mañana?
Sorprendido y feliz por un impulso que no abundaba, fue imposible decirle que no. Horas después, en aquel arranque de campeonato, Temperley marcaba un gol. Darse vuelta y verlo llorar como un niño, avergonzado detrás del paravalancha, fue entenderlo absolutamente todo. Me acerqué y, en un abrazo inmaculado, le agradecí estar juntos en ese lugar, con los mismos colores a cuestas. Le dije que todo se iba a solucionar y que íbamos a salir adelante. La herencia —o eso que les enseñamos a nuestros enanos día a día— es el premio máximo que ellos te van a hacer recordar. En esa cancha, viviendo la pasión que él me había dictado sin excusas, pude verdaderamente ayudarlo. La Cindor, la verdadera fiesta vengadora, y el fútbol nos vuelven a unir. Lo que sigue después, entre goles y sonrisas, estamos dispuestos a averiguarlo.
